martes, 11 de febrero de 2014

Pequeños placeres

Finalmente no he podido cumplir la promesa de escribir antes de un mes como ya pasó la anterior vez. Pero como todos sabéis, los meses de enero y febrero son meses de estres, lectura y exámenes. Un sin parar de memorizar datos en bruto y hacer cosas a marchas forzadas, compaginar fechas y agendas para llegar a los nervios, la desesperación y al miedo. Y creerme que te da igual haber pasado 355 exámenes en tu vida, que cada uno de ellos va a ser un infierno sobre la Tierra hasta que no te sientas y te preguntan que leches quieren que les digas para que te pongan la nota que te mereces.

Siempre he pensado que la forma de aprender las cosas cuando somos adultos es una completa tontería. No por meter horas y horas sobre líneas escritas vas a saber más. No por hacerte infinidad de esquemas y soltar cual loro en su jaula una serie de palabras casi de forma seriada y sin significado eres más válido que el que tienes al lado tuyo. Se premia a los que tienen más memoria y se masacra aquellos que no. Por eso pienso que las cosas tendrían que ser un poquito más prácticas, ya que, confesad, la mayoría de los presentes habéis olvidado casi casi completamente todo lo que habéis estudiado y solo recordáis aquellas cosas que o bien os apasionan, o bien el profesor/compañero de clase de turno soltó una parida para que lo recordaseis. Eso es tan universal como la maldita ley de Murphy.

Pero bueno, dejemos de lado este tema porque no me quiero encender. De momento nos está yendo de maravilla aquí en la Calabria con los exámenes, y solo faltan dos para hacer el pleno. Seguiremos confiando en el altar que tanto mi madre como nosotros tenemos instalado en casa, y que las conjunciones astrales sigan alineadas a nuestro favor.

Hoy me gustaría hablar sobre esos pequeños placeres que todos hemos disfrutado alguna vez y que te hacen pensar "¡Dios que bien!" o "¡Joder que bueno!". Pequeñas cosas que te hacen el día más feliz y que se disfrutan como si no hubiera un mañana. Pequeñas cosas que por suerte suelen venir entre días estresantes (como la época de exámenes) o entre días de relajación absoluta tras un periodo jodido. Y es verdad que, amigos mios, aunque las circunstancias que nos rodean normalmente nos dan por saco cada hora, hay cosas que nos salvan de la locura y que dan sentido a las cosas que hacemos.

Ayer sin ir mas lejos tuve ese momento "Nespresso" ("What else?") tras hacer mi último examen. De esto que te ves en mitad de la naturaleza, mirando el horizonte, observando las nubes y escuchando los pajaritos piar, con una cerveza en la mano y detrás tuyo cocinandose al son de las brasas de la parrilla, unas pechugas con dos "peazicos" de longaniza de Aragón. Como se diría en mi tierra "pa que más". Pensando, la verdad es que no se necesita más que eso para ser feliz. Muchas veces queremos en demasía cosas banales que no sirven para nada. Pero esto... esto te da vida.

Tambien podemos considerar un pequeño placer "della vita" el conocer gente nueva, entablar amistad y salir a tomar unas copillas con ellos. En nuestro caso actual, no hay nada mejor que estar intercambiando cuestiones culturales con nuestros hermanos italianos, hablando de todo un poco y que nos entiendan y viceversa. Si una cosa me he dado cuenta de pleno en todo este camino recorrido es que si o si, debo estudiar diversas lenguas. La meta es aprender bien el italiano pero después retomaré a mejorar el inglés. Después de esto, los reyes me trajeron un libro de iniciación al alemán y tampoco descarto la idea de saber lo más basico del chino, potencias del futuro a mi parecer.

Siguiendo con los pequeños placeres, otro de ellos es acurrucarte en casa con una manta y ver la tele o una película/serie en con una buena compañía. No hay nada mejor que ir comentando las "jugadas" en sociedad, cosa que por cierto se está perdiendo en el cine, donde gente estirada te manda callar si hablas incluso susurrando en la sala. Tendríamos que aprender de los americanos (poca cosa pero esto si) sobre lo que es ir al cine: palomitas por doquier, risas, comentarios... como si estuvieses entre una cuadrilla de amigos, que es lo que realmente mola.

Por último, y por no alargarme en exceso, ya que podría citar un millón de pequeños placeres (ver la estrellas tirado en el suelo, echarte un vicio un domingo por la mañana, leer un libro en un parque, hacer una merienda con el pretexto de ir hacer fotografías, meter los pies en un río o en la arena del mar, comer el dulce que más te gusta del mundo, tocar el pelo de un animal, que te hagan un masaje, estar con tu familia reunidos un fin de semana... y un largo etc), MI placer, y lo digo con mayúsculas, es andar con Diana mientras cae el Sol del atardecer dando un paseo al lado de un río. 

Y lo pongo en genérico, ya que por suerte, tanto mi ciudad natal Zaragoza, como la ciudad de mis sueños, Roma, poseen río. Y creerme que no hay nada más romántico (no en el sentido del amor, sino en el sentido artístico y visual), que andar justo al lado del río a paso lento, hablando de cualquier tema de ese momento, mientras la luz aranjada del horizonte cae poco a poco hasta fundirse con la noche. En el caso de Roma, si vais dirección Isla Tiberina hacia Castel Sant'Angelo es todo un espectáculo que se os quedará grabado en las retinas. Si habéis visto la película "La Grande Belleza" (recomendadísima) y habéis visto los créditos del final, podéis haceros un poco (poquísimo) a la idea de lo que hablo. En el caso de Zaragoza, para mí cobra un sentido especial, ya que la puesta de sol se realiza tras la Expo, con su característico perfil, y además para Diana y para mí, como muchos otros zaragozanos, la Expo tuvo un significado muy especial.

Soy un romanticón, lo sé, pero la verdad es que estas cosas son las que te hacen recapacitar sobre lo que haces, sobre quien eres y sobre como quieres que siga tu vida. Porque de todos vosotros, ¿quien no se ha parado mirando el horizonte, y pensado "¡Que gozada!¡Que maravilla!" alguna vez en la vida?

Con una guitarra melódica de fondo del vecino me despido por hoy. Como veis hasta escribir estas líneas son un pequeño placer de la vida. Seguimos con la senda amarilla.

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