Resumir todo un año desde la última vez que escribí se antoja una tarea muy complicada. Más aún si cabe de lo absolutamente convulso que ha sido este último año en cuestiones tanto emocionales como profesionales. Una auténtica locura de cambios e incertidumbres que se han intentado sobrellevar como se ha podido, a pesar de que en muchos casos el desasosiego se hizo presente en todo su explendor. Aun con todo, los buenos momentos también hicieron acto de presencia.
Hace un año escribía con cierto matiz nostálgico, pero con felicidad, sobre nuestro paso italiano y todo lo que ello conllevó. Cierta incertidumbre también nos invadía sobre el devenir futuro inmediato, "la finalización" de nuestros estudios oficiales y la apertura de miras hacia nuevos horizontes, como el hipotético regreso al sur italiano. Finalmente, decisiones de los caminos que nos conducen por la vida, y de sucesos inevitables que, sin esperarlos y sin poderlos frenar, hicieron que ese posible retorno se truncase, que ese "fin" de estudios continuase un poco más, y en definitiva, nos tuviésemos que adaptar de nuevo a una situación inesperada.
Sabor agridulce fue pues el regreso por nuestras tierras, no sólo por lo dejado atrás sino por todo lo que nos esperaba aquí. Y parece que este último año lo vea como una bruma de un mal sueño, de algo hetéreo que no ha existido, pero que sin duda ha calado con más profundidad de la que pensamos. Como decía, los pocos destellos de felicidad y los problemas que hemos tenido que afrontar desde entonces, hacen que la balanza del equilibrio de como vencedora a la palabra dolor. Exactamente, dolor, que si bien hubo cosas por las cuales sonreir, estas sólo fueron inyecciones de motivación para seguir andando e intentando ver el mundo de forma positiva, a pesar de la tristeza que asolaba. Y es que no hay peor daño y pena que la que asola a los seres queridos, y sigo sin acabar de acostumbrarme a los nuevos frutos surgidos de ahí.
La nostalgia a día de hoy me invade una vez más, acrecentada aún más si cabe por el reciente fugaz retorno con nuestra "famiglia italiana", que hace tener una sensación de Déjà vu bestial, ya que prácticamente son las mismas fechas de aquel entonces. Aunque si englobamos estos dos últimos años podríamos hablar de gemelos opuestos, como el famoso Yin y el Yang, casi perfectamente iguales pero con la diferencia en que felicidad y tristeza los resumen en términos emocionales.
Por otra parte, ese cierto miedo a lo desconocido vuelve y se comparte, como un año atrás, ya que finalizando otra vez nuestros estudios de especialidad, se abren diversas posibilidades, pero ninguna resale como clara vencedora. Quizás es una de las cosas que más miedo tenga, enfrentarme de nuevo al vacío de un acantilado que se abre bajo mis pies, que sumado a todo lo anterior, a veces turbia la mente con un sin rumbo y con una apatía por todo en general y nada en concreto. De nuevo aceleración, de nuevo sin pensar ni vivir.
Para este sentimiento de asfixia, aunque son tantísimas las veces que lo olvido, debo volver a recordar mis propias palabras: "piensa un poco, ralentiza tu ritmo en general y disfruta de lo que vives", ya que aunque mi cabeza muchas veces vea este lastre como algo irreparable y perpetuo, la verdad es que si se baja el ritmo y uno se tranquiliza, al final las cosas problemáticas parecen minúsculas y se comienza de nuevo andar por el camino, que si bien no nos indica un sendero recto y sin curvas, es aquel que llega a un destino buscado o que nos sorprende.
Porque como escuché en la maravillosa película La vida secreta de Walter Mitty:
Ver el mundo, afrontar peligros, traspasar muros, acercarse a los demás, encontrarse y sentir. Ése es el propósito de la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario